Y otro más que sigue al anterior
Sí, sí… Pero ahora ya lo tengo, ya es mío, él me ofende, me indigna, de modo que está allí… detrás del muro del tiempo… se ha convertido para mí en una persona…
En el supremo Dolor se me ha convertido en alguien.
Satisfacción. Y anoto: sí, el Dolor realiza. Sólo el Dolor es capaz de unir a través del espacio y el tiempo, es el Dolor lo que reduce las generaciones a un denominador común.
* * *
Pero… ¿qué es este coro que se eleva, polifónico, como un coro de ranas, una niebla envolvente, una humedad disolvente…? Este libro ya se me ha encarnado en una persona concreta. No obstante, ahora que escucho con más atención, me doy cuenta de que no es él quien canta. Lo que canta es toda la Edad Media.
¿Cómo pude indignarme hace un momento? No es sólo Dante quien acepta el infierno, sino toda una época. No es más que la recitación de fórmulas, de aquello que ya había sido codificado por el sentimiento general. Palabras, palabras vacías…, así se expresaban en aquel tiempo.
Y de nuevo la Divina Comedia vuelve a ser para mí sólo un monumento, una forma, una codificación, un ritual, un gesto, una ceremonia, una celebración… Es digno de ser anotado: cuando hace un momento descubrí que escribía contra sí mismo, establecí un contacto directo con él. Pero cuando ahora descubro que escribiendo contra sí mismo escribía al dictado de su Época, esta contradicción interior pierde su fuerza realizadora. Todo palidece.
Otra cosa: ¿cómo pude hace un momento tomar en serio la venerabilidad del poema y el prestigio de que goza hoy? ¡Palabras! ¡Palabras vacías…! No es más que un ritual interhumano de adoración que equivale al ritual interhumano de esos cantos. Igual que él celebra allí su ritual, ellos aquí se hincan de rodillas. Y tal adoración es la mejor prueba de que nadie le da crédito.
¿El Infierno? ¡Pero si es un mito!
Ajá, ahora todo se me aparece bajo una luz nueva. ¿Por qué salieron tan fácilmente de su pluma las palabras “Supremo Amor”? Porque ese infierno es falso. Esos tormentos, retóricos. Sus condenados recitan. Su eternidad es la indolora eternidad de una estatua. Los círculos descendentes y ascendentes, las majestuosas jerarquías de pecados y tormentos, las iniciaciones, las profecías, la creciente luminosidad, las virtudes y los coros, la teología y el saber, los misterios malditos y sagrados, todo, todo es pura retórica. Él recitaba a su época. Pero la época también recitaba. Y el poema es, por decirlo así, un doble lugar común: el poeta recitó lo que ya recitaba todo el mundo. Recuerda un poco esas discusiones domingueras de gente sencillas en bares y cafés sobre fútbol. ¿Les apasiona realmente? En absoluto. Pero dominan el vocabulario, una determinada manera de hablar, mientras que les falta el lenguaje adecuado para poder hablar de otra cosa. La humanidad avanza por la pista trillada de la expresión.
¡Un poema vacío que existe en contra de la realidad, como por espíritu de contradicción!
* * *
¡Alto! ¡Todo esto se te va componiendo con demasiada facilidad!
No te escaparás tan fácilmente del infierno, ¡sofista! Porque, pese a todo, el infierno existe, existe, existe.
¿Te has olvidado de que en nombre del código contenido en la Divina Comedia se quemaba realmente a los herejes en la hoguera? Así que, pese a todo, ese fuego quema…
¡Y de nuevo este poema infernal empieza a gritar para mí de dolor! ¡Y destila tortura!
Resulta enormemente instructivo (y recomendaría el experimento a todos los teóricos de la cultura) acercarse de vez en cuando un poco al centro del dolor. Es algo absorbente. Después es difícil dejarlo. Y la verdad deviene grito y bramido.
* * *
Pero…
Ahora se me ocurre que esa realización del infierno solo fue posible en un ambiente de irrealidad del todo irresponsable.
¡Por supuesto que sí! La aterradora gravedad del santo Domingo debió descender entre los poderosos del “brazo secular”, convertirse en pasto de la política, de las ambiciones, de distintos apetitos muy prosaicos; debió llegar hasta las burocráticas mesas de los funcionarios, encarnarse en la función, en la ocupación, en el trabajo, y, descendiendo aún más, pasar a las garras de los esbirros, insensibles al dolor. Sin esta progresiva degradación, ¿qué hombre osaría quemar a otro hombre? La idea radical del pecado, del infierno, de la tortura, debió diseminarse entre cerebros ignorantes, sensibilidades obtusas, para al final estallar convertido en un fuego terrible, implacable, ¡que quemaba de verdad!
¿Qué eres finalmente, Divina Comedia?
¿Una obra malograda del pequeño Dante?
¿Un obra poderosa del gran Dante?
¿Una obra monstruosa del vil Dante?
¿Una recitación retórica del falso Dante?
¿Un ritual vacío de la época dantesca?
¿Un fuego artificial? ¿Un fuego real?
¿Una irrealidad?
¿O un trenzado difícil y complejo hecho de realidad e irrealidad?
Di, peregrino, ¿cómo poder llegar hasta ti?
Witold Gombrowicz, Diario (1953-1969), Seix Barral (2005). Traducción de Bożena Zaboklicka y Francesc Miravitlles.
Otro [fragmento de 1966 de “Diario (1953-1969)”, de Witold Gombrowicz]
Este libro, la Divina Comedia, que sigue frente a mí en la mesa está a una distancia de seiscientos años.
¿Qué debe ser para mí el pasado del género humano? Me encuentro sobre una inmensa montaña de cadáveres: todos aquellos que ya pasaron. ¿Sobre qué me encuentro, pues? ¿Qué es esa masa por debajo de mí, ese hervidero de existencias concluidas fuera de mí?
¿Debo buscar en el pasado a los hombres o sólo cierta dialéctica abstracta del desarrollo?
Lo que de entrada salta a la vista es que del pasado sólo consiguen llegar hasta mí los hombres más importantes. En la Historia hay que llegar a ser para quedarse… Todos los cementerios de la Grecia antigua se reducen a unos centenares e personas como Alejandro, Solón, Pericles… Y de la Florencia medieval, ¿cuántos han quedado aparte de Dante?
En la gran parada de todos los muertos del mundo no reconocería a nadie aparte de los Grandes. Me gusta la aritmética, de algún modo me posiciona frente a los problemas. ¿Cuánta gente muere diariamente? ¿Doscientos, trescientos mil? Cada día un ejército entero, unas veinte divisiones van a la tumba. No sé, no conozco, no estoy au courant…, nada…, nada…, todo está fuera de mí. ¡La discreción de la muerte (pero también la discreción de la enfermedad)! Alguien que no supiera que en este mundo se muere podría estar paseando durante años por nuestras calles, caminos, parques, campos, plazas, antes de descubrir que semejante fenómeno tiene lugar realmente. También entre los animales la discreción es asombrosa. ¿Cómo se las arreglan, por ejemplo, los pájaros para que nadie sepa que han muerto? Los bosques, las florestas, deberían estar sembrados de ellos, y, sin embargo, puedes pasear kilómetros y kilómetros y casi nunca encontrarás ni el más diminuto esqueleto. ¿Cómo se esfuman? ¿Dónde desaparecen? No hay en los bosques suficientes hormigas o roedores que puedan con todos.
La muerte es universal, vaga, difuminadora.
¿Y yo? ¿Yo en estas condiciones? ¿Yo con mis necesidades, las necesidades de mi yo? Cuanto menos me oriento entre esas multitudes de los cementerios, tanto más me aferro a los Grandes. A estos los conozco personalmente. La Historia son ellos. Ningún revoltijo hecho de migajas me los puede sustituir.
Pero ¿mi actitud hacia ellos es suficientemente personal?
Atribuyo una gran importancia personal a esta pregunta.
La Divina Comedia no me basta. Lo que busco en ella es a Dante. Pero no lo encuentro, porque el Dante que me ha sido transmitido por la historia es justamente el autor de la Divina Comedia. Estos grandes hombres ya no son hombres, son únicamente sus logros.
Pero lo que resulta más irritante es que incluso nuestra actitud ante esos logros ha sido totalmente desvirtuada. Porque en la escuela, en casa, sólo nos han enseñado respeto y adoración, mientras que nuestra actitud ante los Grandes es ambigua: es verdad que yo los admiro y me doblego ante ellos, pero también los trato con conmiseración y desdén. Soy inferior porque ellos son Grandes. Pero soy superior porque nací más tarde, en un estado de evolución más elevado.
Esta segunda actitud, que yo llamaría “brutal” o “directa”, no se estila. Sólo somos capaces de abordar al creador y la obra en su perspectiva y alcance históricos. Veamos qué resultados daría abordarlos de un modo directo. ¿Puedo yo, con mi imaginación de hoy, embelesarme de verdad con los productos de la imaginación casi campesina, apenas despertada, de Dante? Los tormentos de sus condenados son tan vulgares, e inconsistentes, y parlanchines. Esos discursos pronunciados entre una y otra tortura… Esas situaciones, siempre las mismas, que se repiten con una fastidiosa monotonía (pero si quisiera enfocar la obra en su perspectiva histórica, tendría que decir que por ser un poema del siglo XIV esas situaciones son ricas y están llenas de imaginación), mientras que la Temporalidad irrumpe in crudo en la Eternidad, con sus problemas políticos y de otra índole. Además el autor no siente el pecado, sus pecados no tienen fuerza, son más bien la trasgresión de un reglamento, si tientan ni repugnan.
¡Cuántas cosas por el estilo se podrían decir todavía para demostrar que es una obra simple, mediocre, aburrida, pobre! De ahí una conclusión melancólica: que por más que me esforzase nunca podría llegar a este hombre a través de su obra. Puesto que, abordado desde la Historia, se me aparece sólo como un gran logro histórico. Pero cuando intento asirlo brutal y directamente, pasando por alto el tiempo, ¡su Divina Comedia no vale un comino!
¿Así que el pasado tiene que ser para mí únicamente un agujero? ¿Sin hombres reales?
* * *
Vuelvo al terceto que he rehecho:
Por mí se va a la ciudad doliente
Por mí se va al eterno dolor
Por mí se va a la perdida gente…
He aquí la continuación de la inscripción infernal:
La justicia inspiró a mi creador
Hízome la Divina Potestad
La Suma Sabiduría y el Supremo Amor.
Y de pronto… ¡una conmoción!
¡¿Cómo!?
¡¿Cómo se atrevió!?
¡Es monstruoso!
¡E infame!
Sólo ahora lo veo: es el poema más monstruoso de la literatura mundial, un poema que página tras página desgrana una letanía de tormentos, un registro de torturas. “El Supremo Amor…” Es justamente ese “Supremo Amor” lo que de pronto pone en evidencia la monstruosidad de toda la empresa. Y también su ruindad. Si se tratara del Purgatorio estaría de acuerdo…; aunque esos pecados exigieran una condena tan satánica, a lo lejos se vislumbraría el resplandor de la Salvación. Pero ¿el Infierno?
El Infierno no es un castigo. El castigo lleva a la purificación, encierra su propio fin. El Infierno es una tortura para toda la eternidad, y el condenado, dentro de diez millones de años, deberá gritar de dolor igual que en este momento, para él nada cambiará jamás. Esto es imposible de admitir. Nuestro sentido de la justicia no lo soporta.
Y él escribe tranquilamente en la puerta del Infierno: “Hízome el Supremo Amor.”
Cómo explicarlo a no ser que escribiera por miedo o por bajeza, ¡para agradar…! Horrorizado, temblando de pavor, se decide a rendir el supremo homenaje al supremo terror llamando el supremo amor a la suprema crueldad. Jamás la palabra “amor” fue utilizada de manera más descaradamente paradójica. Ninguna palabra del lenguaje humano fue nunca utilizada de manera más descaradamente perversa. Y esta palabra es justamente la más sagrada, la más querida de todas. Nos cae de las manos el libro infame y nuestros labios heridos musitan: no tenía derecho…
Vuelvo a coger el libro vergonzoso, recorro con la vista el poema entero, sí, es innegable, todo este desolladero infernal desprende el incienso del Supremo Amor, Dante acepta el Infierno, lo aprueba, es más, ¡lo adora! ¿Cómo es posible? ¿Qué habrá pasado para que una obra hasta tal punto depravada por el más salvaje de los miedos, tan servil, tan contraria al sentimiento más esencial de la justicia humana, haya podido convertirse a lo largo de los siglos en un Libro Edificante, en el más venerado de los poemas?
Católicos…, al fin y al cabo, la Divina Comedia es vuestra…, ¿cómo lo habéis podido asumir?
El hombre, según la doctrina de la Iglesia, fue creado a imagen y semejanza de Dios.
Así, lo que es contrario a nuestro más profundo sentido de justicia no podrá ser justo ni en este mundo ni en el otro.
Un artista católico no puede escribir en contra de sí mismo. Toda la Divina Comedia se encuentra en estado de pecado mortal.
Y el mundo católico la adora.
Witold Gombrowicz, Diario (1953-1969), Seix Barral (2005). Traducción de Bożena Zaboklicka y Francesc Miravitlles.
Un fragmento de 1966 de “Diario (1953-1969)”, de Witold Gombrowicz
El problema de la Forma, el hombre como productor de la forma, el hombre como esclavo de las formas, la concepción de la Forma Interhumana como fuerza creadora suprema, el hombre inauténtico: siempre he escrito sobre eso, siempre me he preocupado por eso, siempre lo he puesto en evidencia; pues bien, sustituid “forma” por “estructuralismo” y me veréis en el centro de la problemática intelectual francesa actual. Y es que Ferdydurke, Cosmos, no tratan de otra cosa sino justamente de la tiranía de las formas, del juego de las estructuras. En El casamiento está expresado con claridad: “No somos nosotros quienes decimos las palabras sino que son las palabras las que nos dicen a nosotros.”
¿Por qué, entonces, entre ellos y yo, esta antipatía… como si ellos, dándome la espalda, se encaminaran hacia otra dirección…? Sus obras –sea el nouveau roman français o su sociología, su lingüística o su crítica literaria- se caracteriza por una tendencia espiritual que a mí me parece francamente desagradable, irritante, incorrecta, poco práctica, ineficaz… Seguramente lo que más nos separa es que ellos pertenecen al mundo de la ciencia y yo al del arte. Desprenden tufillo a universidad. Esa pedantería suya, consciente y pertinaz. Su actitud profesoral, mordacidad, aburrimiento obstinado, insociabilidad, orgullo intelectual, severidad… Sus maneras me chocan, su lenguaje es demasiado altisonante… Pero esto no es todo. Hay una razón más profunda para esta discordia entre nosotros. Así como yo quiero ser relajado, ellos son crispados, rígidos, tensos y obcecados… y así como yo tiendo “hacia mí”, ellos, desde hace tiempo, respiran deseo de autodestrucción, quieren salir de sí mismos. El objeto. El objetivismo. Una especie de ascesis, casi medieval. Una supuesta “pureza” que les atrae hacia la deshumanización. Pero ese objetivismo suyo no es frío (aunque quisiera ser gélido), esconde un aguijón de intención agresiva, provocativa, sí, es una provocación. Y con cierto asombro saludo a esta nomenclatura (que parecía enterrada para siempre) a menudo próxima a la astrología, la cábala, la magia, pero belicosa, llena de espíritu de contradicción, y es para mí como si la muerte renaciera…
Ahora bien, para mí toda tentativa del hombre de salirse de sí mismo –da igual que se trate de estética pura, de estructuralismo puro, de religión o de marxismo- es una ingenuidad condenada al fracaso. Es una especie de misticismo propio de mártir. Y esa tendencia hacia la deshumanización (que yo mismo practico) tiene que estar necesariamente acompañada por la tendencia a la humanización , ya que de lo contrario la realidad se desmorona como un castillo de naipes y se corre el peligro de ahogarse en un verbalismo irreal. ¡No, las fórmulas no bastan! Vuestras construcciones, esos edificios vuestros, permanecerán vacíos hasta que alguien los habite. Cuanto más el hombre se vuelve para vosotros inasible, inalcanzable, abismal, sumergido, en otros elementos, prisionero de las formas, articulado, por decirlo así, no con la propia boca, tanto más urgente, apremiante se vuelve la presencia del hombre corriente, tal como lo conocemos de nuestra experiencia cotidiana y de nuestro sentir cotidiano, es decir el hombre de la calle, del café, el hombre concreto. El hecho de alcanzar los confines de lo humano tiene que ser equilibrado de inmediato por una precipitada retirada a la humanidad normal y a la mediocridad humana. Uno puede sumergirse en el abismo humano, pero a condición de volver de nuevo a la superficie.
Si me pidieran una definición los más profunda y dura posible de ese alguien que a mi entender debería habitar en esas estructuras y construcciones, diría sencillamente que es el Dolor. Ya que la realidad es aquello que opone resistencia, es decir aquello que duele. Y el hombre real es aquel que siente dolor.
A pesar de todo lo que nos puedan contar, existe en toda la extensión el Universo, en todo el espacio del Ser, un único elemento atroz, imposible, inaceptable, una única cosa que nos es real y absolutamente contraria y que nos aplasta: el dolor. En él y únicamente en él se asienta toda la dinámica de la existencia. Suprimid el dolor y el mundo se volverá indiferente…
Bien. Tal vez sea algo demasiado serio para filosofar sobre ello… Verdaderamente amenazador. Pero quisiera señalar que para estos pensadores (y también para otros) el mundo sigue siendo, a pesar de todo, un campo de especulaciones cerebrales más bien tranquilas, si no olímpicas. Todos estos análisis demuestran buena salud en la medida en que, como se ve, son producidos por profesores bien tratados por la vida y confortablemente apoltronados. Lo que está en la base de ese incansable puzzle intelectual es una subestimación totalmente infantil del dolor. Si ya la libertad sartriana no siente dolor, no lo teme lo suficiente, los objetivismos actuales dan la sensación de haber sido concebidos en un estado de anestesia.
Destaquemos las contradicciones de este razonamiento. Y es que yo postulo el hombre “relajado” y “normal” y, al mismo tiempo, el hombre penetrado por el dolor. La contradicción es sólo aparente.
Witold Gombrowicz, Diario (1953-1969), Seix Barral (2005). Traducción de Bożena Zaboklicka y Francesc Miravitlles.
Elogio del proxeneta, Luis Miguel Rabanal
Muchos de los blogs más cercanos a este, escritos por gente con criterios que respeto y me intersan, avanzan la noticia de la publicación de Elogio del proxeneta, del poeta Luis Miguel Rabanal. Tengo que confesar que, si bien he oído hablar mucho y muy bien de su poesía por tecla y boca de gente como Xen, aún no me he puesto a leerle, lo que me da cierta vergüencilla.
Pero yo también quiero hacerme eco de la noticia.
El libro se publica aquí.
Enhorabuena y suerte.
Bad Brains, Sailin’ on, Bad Brains (1982) – Attitude: The ROIR Sessions (1991)
Estel Julià en RADIO DIANE
Mi amiga la poeta Estel Juliá me envía este enlace donde si os ape podéis escuchar un programa de Radio Diane, el 19, que está dedicado a ella:
http://delendaestcarthago.com/audio/programa19.mp3
Estel habla de su poesía y lee varios poemas, algunos de Zapatos Imposibles, un libro de momento inédito para el que he tenido el placer de escribir un prólogo del que también se habla un poquillo.
Afterpandorization
Déborah Vukušić y Sofía Castañón, cada una a su manera, nos obsequiaron ayer con una poesía de lo íntimo universal, entre el pudor y la generosidad, en ese delicado y crucial punto.
Maravillosa Sofía, cabareteando y recitando en asturiano con su abuela, y maravillosa Déborah con su libro tan profundamente hamletiano, contemporáneo y suyo, que tanto nos emocionó y que nos atañe tanto a todos.
Gracias. Mila Esker.
Presentación de 23 Pandoras en Vitoria-Gasteiz
Tenerife, 24/03/09.- Mañana miércoles se presentará en Vitoria-Gasteiz la antología de Vicente Muñoz, 23 pandoras. Poesía alternativa española (Baile del Sol, 2009), en el Pabellón Universitario del Campus de Álava de la Universidad del País Vasco, a las 19:00 h.
La lectura-presentación contará con la participación de dos de las veintitrés poetas que integran la antología, Déborah Vukušić y Sofía Castañón, que abrirán con sus poemas la caja que encierra «todos los males» para que también eche a volar la esperanza…
Entrada gratuita hasta completar aforo.
Más información:
Blog de 23 pandoras
Ediciones Baile del Sol
Allí estaremos salvo catástrofe o invasión marciana.
Comienza la gira de las 23 Pandoras
Acaba de aparecer esta antología de poetas mujeres coordinada por Vicente Muñoz Álvarez para la editorial Baile del Sol. Este mismo mes pasarán por aquí cerca para presentar el libro. Las fechas están en el cartel (click it up para verlo mejor). Más información en el blog de las 23 Pandoras y en el de Vicente.
Seguiremos informando.
My Bloody Valentine, (When You Wake) You’re Still in a Dream, Isn’t Anything (1988)




